Las formas patológicas de la ira

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Si no se acepta reconocer nuestra ira y hablar con ella, nunca podremos encontrar una situación de equilibrio en la que tengamos ira pero no seamos esclavos de ella.  Esto pasa cuando adoptamos formas patológicas de tratar con la ira, como las siguientes:

Negación de la ira, como si no existiera. Inconscientemente se le niega validez, se la considera inadmisible. La ira no reconocida se transforma en melancolía, en autodesprecio, en conductas impulsivas desadaptativas o incluso autodestructivas.

Obsesión. Pensar continuamente en quién nos infligió el daño, repetir continuamente la situación mentalmente. La ira focalizada en la rememoración del daño lleva a depresión, ansiedad, conductas impulsivas de evasión (alcohol, drogas, sexo, violencia), autordesprecio, desesperanza y suicidio.

Amplificación e idealización de la ofensa. El daño infligido se agranda y se le atribuye al agresor una intención desmesurada de hacer daño. Suele ocurrir cuando existe una alta dependencia afectiva del agresor. El individuo se siente destruido en su totalidad por la ofensa, está desesperado (desesperanza, nada importa). Da lugar a agresiones impulsivas.

Generalización de la ira. La ira inicial se ha diseminado por toda la persona situándola en una posición de venganza agresiva contra cualquier oposición a sus deseos, y da lugar a personas violentas, suspicaces y sociopáticas. También puede dar lugar a personajes sádicos y líderes de movimientos fanáticos que camuflan la ira en envoltorios de ideologías benefactoras.

 

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